Llegó
el día de la cita con la radióloga. Mi madre, como siempre, vino
conmigo. Aunque iba a un lugar nuevo y desconocido para mí, ya no me
encontraba extraña; todo aquello ya formaba parte de mi vida,
inclusive lo desconocido.
Cuando
me nombraron entramos en la sala y allí nos esperaba una chica
joven, muy simpática y cercana. Nos sentamos y ella se dispuso a
contarnos todo el proceso de la radioterapia. Nos informó que
empezaría el 2 de julio, pero antes de empezar debía pasar por otra
prueba; tendría que hacerme otro Tac para poder ver los puntos
exactos donde me radiarían. Una vez supieran a ciencia cierta dichos
puntos, tendría que pasar por enfermería donde me explicarían los
pasos que tenía que seguir durante el tratamiento, los productos que
existían para tratar la quemadura que aparecería en mi piel y los
efectos secundarios. Luego empezaría con la radio, proceso que
duraba 30 días y que consistía básicamente en aplicarme una fuente
de calor extrema (me darían la mayor radiación) en las coordenadas
que me habían marcado previamente en la prueba del Tac. Me
dibujarían entonces unos puntitos en diferentes partes de mi cuerpo
y esas marcas se quedarían tatuadas para el resto de mi vida, pero
afortunadamente apenas eran visibles. ¡¡¡Ésas son algunas de mis
heridas de guerra…!!! Y por último, pasaría de nuevo a visitar a
la radióloga para verme y entregarme el informe de todo el
tratamiento.
Pues
todo comenzó, como he dicho anteriormente, con el Tac. Ese día fui
acompañada de mi chico. Entramos en una sala donde de nuevo me topé
con la máquina que ya consideraba que formaba parte de mi vida. Me
tumbaron y con las manos hacia arriba debía estar como unos diez
minutos sin moverme. Cuando terminé, dos enfermeros vinieron hacia
mí y me tatuaron unos puntos en mi cuerpo. El primer punto me lo
hicieron más arriba del ombligo, el segundo en la parte central a la
altura del pecho y el tercero y último justamente debajo de la
barbilla. Esos puntos marcarían las coordenadas del lugar donde me
darían la radio. Cuando terminaron, y antes de marcharme, uno de los
enfermeros vino con una cámara para hacerme una foto para un carnet
que me darían y necesitaría para los próximos días de la radio.
Ese carnet debía entregarlo cada vez que llegara a la sala y así me
nombrarían y podía entrar. Aquel carnet es una tarjeta como el DNI,
una identificación de paciente de onco de radioterapia. En él iría
una foto, mis datos y la hora a la que debía ir todos los días
durante un mes. Mi tarjeta era de color rojo. Había tarjetas de
color verde y otras de color rojo como la mía, pero nunca supe la
diferencia que existía entre esos dos colores…
A
la semana siguiente llegó el día. Antes de radiarme, pasé por
enfermería. Allí me pesaron y me explicaron en general el proceso.
Me dieron un catálogo con las cremas que podría echarme durante
todo el tratamiento porque la zona, debido a la radiación, se
acabaría abrasando, por lo cual debía intentar que estuviera todo
lo hidratada que fuera posible. Me dijeron que debía seguir una
dieta ya que en ese mes tendría que mantenerme en el peso con el que
llegué porque si engordaba o adelgazaba ya las coordenadas que
habían tomado en mi piel no valdrían. Otra de las cosas que me
comentaron era la importancia de no exponerme al sol. Lo tenía
tajantemente prohibido y siempre debía salir a la calle cubriéndome
la zona radiada ya que de lo contrario supondría más quemadura para
mi piel. Y por último, me explicaron los posibles efectos
secundarios que me causaría la radio. Ya que me afectaría a toda la
zona de pulmones, esófago, estómago, faringe… debía tomar comida
blanda e intentar no comer frituras para así evitar daños. Me
costaría más trabajo el poder respirar porque los pulmones podrían
llegar a agrietarse debido a tanta radiación y lo más importante y
normal, me causaría otra vez cansancio. Algo con lo que de nuevo
debía luchar y que quizás era lo que más me preocupaba porque ese
cansancio hacía mella en mí. Era tormentoso pensar que podía
encontrarme “bien” y psicológicamente fuerte pero si mi cuerpo
no respondía de igual modo que lo hacía mi mente era algo que me
causaba mucha frustración. Volver a pasarme el tiempo tumbada sin
poder aprovechar aquellos bonitos días de verano era lo peor...
Pensar en todas las personas y sobre todo en que los jóvenes de mi
edad sí podían aprovechar los días de calor en la playa, esas
tardes de terracita y aquellas noches de paseos, cosas normales para
cualquier persona y tan difícil en aquella vida que me tocaba vivir…
Encima, no podría aprovechar los días con mi pareja, disfrutar con
él como cualquier pareja que acaba de comenzar una relación. Así
que de nuevo entré en un pequeño pozo. Psicológicamente volví a
decaer. Sentía que mi vida se convertía en la “pescadilla que se
muerde la cola”. Salía de un tratamiento para volver a empezar con
otro. Pasarían los días, semanas y meses y de nuevo vería y
sentiría mi vida pasar mientras yo solo descansaba porque mi cuerpo
era lo único que me permitía hacer; descansar y dormir, dormir
mucho.
Una
vez me explicaron, mi novio se despidió de mí y me deseó suerte.
Cuando salí de aquella habitación, me senté en la sala de espera y
cuando salió la enfermera le entregué la tarjeta. No pasaron ni 5
minutos cuando me nombraron. Antes de empezar, tenía que entrar en
un pequeño habitáculo donde me tenía que poner una bata para
descubrirme la parte de arriba. Cuando lo hice pasé a otra sala de
espera, donde entraban y salían continuamente los enfermeros. Cuando
entré definitivamente a la habitación de la radioterapia me sentí
como si entrara en una nave espacial. Es gracioso, pero es cierto.
Aquella habitación estaba completamente fría. De fondo se escuchaba
música, unas veces relajante y otras música actual, algo que me
hacía sentir cómoda. También era muy agradable la compañía de
los enfermeros, que como ya he dicho en otros capítulos, son
profesionales que me hacían sentir como persona y no como enfermo,
algo esencial para mí. Me gusta volver a remarcar esto porque me
horrorizaba la idea de que alguien me tratara de manera diferente
debido al hecho de que tuviera cáncer. Obviamente existe todavía
mucha ignorancia con respecto a esta enfermedad y es cierto que hay
mucha gente que te trasmite miedo solo con nombrar la palabra
“cáncer”. Por el contrario, también hay personas que me
trasmitían una mirada de pena y compasión que me estremecía; era
algo que me superaba. No necesitaba miedo, pena ni compasión de
nadie; solo fuerza y normalidad ante la situación. Nunca me he
sentido inferior ni menos que nadie por tener esta enfermedad.
Simplemente eres igual que el resto de los ciudadanos de este mundo
pero con una enfermedad por la cual luchas y sigues adelante para
acabar con ella.
Pues
bien, en la primera sesión me tumbé en una camilla y tuve que
permanecer 20 minutos quieta y con los brazos totalmente estirados
hacia arriba, sin poder moverme ni un milímetro… menos mal que
solo sería así el primer día. En las siguientes sesiones bastaría
con radiarme la zona durante 5 minutos. Además de darme la
radiación, me tenían que hacer un control exhaustivo de las
coordenadas, del peso; todo tenía que estar correcto y en su lugar.
Cuando empezó, me puse algo nerviosa. Aunque no estaba acostumbrada
a aquel ruido tan extraño que hacía la máquina me parecía un
ruido agradable. Si tengo que compararlo con algo diría que es un
ruido parecido al de dos cristales que se rozan y forman una especie
de melodía; sí, así lo definiría. Siempre le intentaba sacar algo
positivo y bonito a todo…
Tras
terminar, acabé algo mareada, pero no de la radio, sino del tiempo
que estuve tumbada sin poder moverme. Rápidamente me incorporé,
volví a entrar en el habitáculo para cambiarme. La bata me la
llevaría a casa y la traería todos los días que durara el
tratamiento. Seguiría los mismos pasos que me habían marcado aquel
día.
Al
principio aquel lugar incluso me agradaba. Siempre conocías a
personas nuevas, sus historias, de dónde venían...era reconfortante
y de cada historia siempre aprendía algo nuevo y sacaba el lado
positivo. Aunque suene un poco egoísta, me consolaba escuchar
historias similares a la mía. Parecía no estar sola ante aquello;
había demasiada gente pasando por lo que yo estaba viviendo. Aquel
lugar me enseñó muchísimo; entre los pacientes y enfermeros, de
todos intentaba sacar el lado bueno y esto me ayudaba a su vez a dar
otro pequeño pasito que me haría crecer más aún como persona.
Todos eran increíbles.
Durante
todo el proceso de la radio mi madre, mi chico y mi hermana siempre
estuvieron conmigo. Se repartían los días y se iban turnando para
que yo nunca fuera sola. En todo momento sentí el apoyo y el amor
incondicional de mi familia y mi pareja. Nunca tendré vida
suficiente para poder agradecerles todo lo que han hecho por mí y
pedirles perdón por lo que les he hecho pasar a todos ellos.
Así
pasaron los días. Al principio muy poco a poco, pero a medida que
iba avanzando el tiempo parecía pasar más rápido. No era un
tratamiento duro, ni pesado. La única pega era el tener que
trasladarme todos los días a Cádiz para estar 5 minutos que era lo
que tardaba y volver a mi casa.
A
mediados de mes, ya los tan temidos efectos secundarios hacían
estragos en mi cuerpo y sobre todo el cansancio se acrecentaba por
día que pasaba. Era inexplicable, porque pasaba de un extremo a
otro; de estar muy bien a desvanecerme poco a poco hasta tenerme que
tumbar para descansar y seguidamente cerrar los ojos y dormir. A
veces eso duraba media hora, otras unas horas y otras todo el día.
Cuanto más tiempo pasaba más cansada me encontraba. Era un
cansancio que me debía tumbar al instante y dormir, porque no podía
con mi cuerpo, me desvanecía como si me fuera a desmayar. Era lo que
peor llevaba psicológicamente, me hacía sentir muy impotente…
Llegó
la feria de mi pueblo. Tenía muchas ganas de poder disfrutar de ella
con mi pareja y mi familia. Sería la primera feria que viviría
junto a mi chico; ¡estaba entusiasmada! Pero debido a mi decaimiento
apenas pude visitarla. Siempre que llegaba el momento de ir a
cualquier sitio que me parecía a priori importante, mi cuerpo se
desvanecía y me pedía descansar. Ya ni siquiera pensaba en mi
aspecto o en meterme en bullicio sin encontrarme a gusto conmigo
misma… Todo eso estaba desapareciendo poco a poco. Sólo me
preocupaba el hecho de perder tiempo de mi vida y sobre todo pensaba
mucho en que podía hacerle perder el tiempo de la vida de mi pareja.
Me sentía culpable por lo que le estaba haciendo pasar a él. Sentía
que le estaba robando su tiempo y momentos suyos, además de hacerle
vivir una experiencia tan traumática y todo por estar a mi lado.
Parecía que la persona que decidió estar a mi lado debía cumplir
una pequeña condena por amarme. Mi ángel desde luego no merecía
estar pasando por lo que vivía cada día conmigo; me sentía que le
arrebataba su vida. Pero él, pese a todas las cosas que yo pensaba y
se me pasaban por la cabeza, estaba dispuesto a continuar el camino
agarrado a mi mano sin desistir en ningún momento y menos aún sin
abandonarme. Dios me había quitado un pedacito de mi vida; un
poquito de mi salud, pero a cambio me recompensó con una persona
única, una persona que estaría dispuesta a pasar el resto de su
vida a mi lado, pese a lo que hubiera que luchar; cuidándome y
tratándome como una reina. Un ángel que me cuidaría y me
protegería eternamente.
A
veces pienso que todo esto son pruebas que te pone la vida. Pruebas a
la que te somete Dios para que puedas apreciar lo bella que es la
vida, lo bello que es vivir. No apreciamos las cosas, ni los pequeños
detalles ni momentos que vivimos cada día hasta que nos pasa algo
así. Para mí, mi enfermedad me ha hecho aprender. Intento no sacar
nada negativo de ella, sino todo lo contrario, todo es positivo. La
lucha constante que debemos tener en la vida, el aprender a no
rendirnos nunca, a valorar todo lo que tenemos y a todo el cariño y
amor que nos rodea, al amor incondicional de tu familia y de tu
pareja, a vivir cada momento como si fuera el último de tu vida y a
que siempre hay que luchar...y si decaemos en algún momento, hay que
saber levantarnos... levantar la cabeza, continuar el camino y nunca,
nunca abandonar. Así es la vida, una lucha constante en la que
siempre debemos continuar sin abandonar, pase lo que pase.
Así
pasé todos los días hasta el final, llena de mucho cansancio pero
rodeada de mucho amor y cariño, lo que me daba tanta fuerzas para
continuar luchando cada día más.
El
último día, debía pasar por la misma dinámica del principio.
Cuando terminé la radio, los enfermeros se despidieron de mí y
todos me felicitaron por acabar. Luego pasé por enfermería, me
pesaron y me miraron la quemadura. Mi peso continuaba igual, pero en
cambio en mi piel había una mancha que me cogía parte del pecho
derecho hasta llegar casi al cuello. Una enorme quemadura que dolía
mucho. No podía dar ni tan siquiera un abrazo sin estremecerme de
dolor… Pero ya eso no era nada para mí; ya estaba apunto de
finalizar el camino; ya no quedaba nada para coronarme como campeona
en aquella lucha tan larga y dura...
Cuando
salí de enfermería pasé por mi radióloga. Cuando entré me dio la
enhorabuena y me felicitó. Estaba muy contenta. Me dio el informe y
ahora solo quedaba esperar. Esperar para hacerme la prueba
definitiva… prueba que daría los resultados de aquel tratamiento
tan duro.
Debía
esperar para aquella prueba y dar un margen de tiempo de dos meses al
tratamiento para que siguiera haciendo efecto, tanto la quimioterapia
como la radioterapia.
Mientras
intentaría aprovechar al máximo ese tiempo perdido tan valioso para
mí. Poco a poco me pondría en marcha y recuperaría el timón de mi
vida. Intentaría pasar el mayor tiempo posible con mi familia y mi
chico y exprimir su compañía todo lo posible.
Eres un ser extraordinariamente especial, te estoy conociendo más pasito a pasito q en persona...me conmueves y me haces sentir muchas cosas q no tengo forma d explicar...eres una guerrera!
ResponderEliminarMuchísimas gracias preciosaaa!!! Todo gracias a vuestro apoyo y a la gran familia que tenemos.¡¡¡Os quierooo!!!
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