lunes, 8 de diciembre de 2014

El último pulso contra Hodgkin

Llegó el día de la cita con la radióloga. Mi madre, como siempre, vino conmigo. Aunque iba a un lugar nuevo y desconocido para mí, ya no me encontraba extraña; todo aquello ya formaba parte de mi vida, inclusive lo desconocido.
Cuando me nombraron entramos en la sala y allí nos esperaba una chica joven, muy simpática y cercana. Nos sentamos y ella se dispuso a contarnos todo el proceso de la radioterapia. Nos informó que empezaría el 2 de julio, pero antes de empezar debía pasar por otra prueba; tendría que hacerme otro Tac para poder ver los puntos exactos donde me radiarían. Una vez supieran a ciencia cierta dichos puntos, tendría que pasar por enfermería donde me explicarían los pasos que tenía que seguir durante el tratamiento, los productos que existían para tratar la quemadura que aparecería en mi piel y los efectos secundarios. Luego empezaría con la radio, proceso que duraba 30 días y que consistía básicamente en aplicarme una fuente de calor extrema (me darían la mayor radiación) en las coordenadas que me habían marcado previamente en la prueba del Tac. Me dibujarían entonces unos puntitos en diferentes partes de mi cuerpo y esas marcas se quedarían tatuadas para el resto de mi vida, pero afortunadamente apenas eran visibles. ¡¡¡Ésas son algunas de mis heridas de guerra…!!! Y por último, pasaría de nuevo a visitar a la radióloga para verme y entregarme el informe de todo el tratamiento.
Pues todo comenzó, como he dicho anteriormente, con el Tac. Ese día fui acompañada de mi chico. Entramos en una sala donde de nuevo me topé con la máquina que ya consideraba que formaba parte de mi vida. Me tumbaron y con las manos hacia arriba debía estar como unos diez minutos sin moverme. Cuando terminé, dos enfermeros vinieron hacia mí y me tatuaron unos puntos en mi cuerpo. El primer punto me lo hicieron más arriba del ombligo, el segundo en la parte central a la altura del pecho y el tercero y último justamente debajo de la barbilla. Esos puntos marcarían las coordenadas del lugar donde me darían la radio. Cuando terminaron, y antes de marcharme, uno de los enfermeros vino con una cámara para hacerme una foto para un carnet que me darían y necesitaría para los próximos días de la radio. Ese carnet debía entregarlo cada vez que llegara a la sala y así me nombrarían y podía entrar. Aquel carnet es una tarjeta como el DNI, una identificación de paciente de onco de radioterapia. En él iría una foto, mis datos y la hora a la que debía ir todos los días durante un mes. Mi tarjeta era de color rojo. Había tarjetas de color verde y otras de color rojo como la mía, pero nunca supe la diferencia que existía entre esos dos colores…
A la semana siguiente llegó el día. Antes de radiarme, pasé por enfermería. Allí me pesaron y me explicaron en general el proceso. Me dieron un catálogo con las cremas que podría echarme durante todo el tratamiento porque la zona, debido a la radiación, se acabaría abrasando, por lo cual debía intentar que estuviera todo lo hidratada que fuera posible. Me dijeron que debía seguir una dieta ya que en ese mes tendría que mantenerme en el peso con el que llegué porque si engordaba o adelgazaba ya las coordenadas que habían tomado en mi piel no valdrían. Otra de las cosas que me comentaron era la importancia de no exponerme al sol. Lo tenía tajantemente prohibido y siempre debía salir a la calle cubriéndome la zona radiada ya que de lo contrario supondría más quemadura para mi piel. Y por último, me explicaron los posibles efectos secundarios que me causaría la radio. Ya que me afectaría a toda la zona de pulmones, esófago, estómago, faringe… debía tomar comida blanda e intentar no comer frituras para así evitar daños. Me costaría más trabajo el poder respirar porque los pulmones podrían llegar a agrietarse debido a tanta radiación y lo más importante y normal, me causaría otra vez cansancio. Algo con lo que de nuevo debía luchar y que quizás era lo que más me preocupaba porque ese cansancio hacía mella en mí. Era tormentoso pensar que podía encontrarme “bien” y psicológicamente fuerte pero si mi cuerpo no respondía de igual modo que lo hacía mi mente era algo que me causaba mucha frustración. Volver a pasarme el tiempo tumbada sin poder aprovechar aquellos bonitos días de verano era lo peor... Pensar en todas las personas y sobre todo en que los jóvenes de mi edad sí podían aprovechar los días de calor en la playa, esas tardes de terracita y aquellas noches de paseos, cosas normales para cualquier persona y tan difícil en aquella vida que me tocaba vivir… Encima, no podría aprovechar los días con mi pareja, disfrutar con él como cualquier pareja que acaba de comenzar una relación. Así que de nuevo entré en un pequeño pozo. Psicológicamente volví a decaer. Sentía que mi vida se convertía en la “pescadilla que se muerde la cola”. Salía de un tratamiento para volver a empezar con otro. Pasarían los días, semanas y meses y de nuevo vería y sentiría mi vida pasar mientras yo solo descansaba porque mi cuerpo era lo único que me permitía hacer; descansar y dormir, dormir mucho.
Una vez me explicaron, mi novio se despidió de mí y me deseó suerte. Cuando salí de aquella habitación, me senté en la sala de espera y cuando salió la enfermera le entregué la tarjeta. No pasaron ni 5 minutos cuando me nombraron. Antes de empezar, tenía que entrar en un pequeño habitáculo donde me tenía que poner una bata para descubrirme la parte de arriba. Cuando lo hice pasé a otra sala de espera, donde entraban y salían continuamente los enfermeros. Cuando entré definitivamente a la habitación de la radioterapia me sentí como si entrara en una nave espacial. Es gracioso, pero es cierto. Aquella habitación estaba completamente fría. De fondo se escuchaba música, unas veces relajante y otras música actual, algo que me hacía sentir cómoda. También era muy agradable la compañía de los enfermeros, que como ya he dicho en otros capítulos, son profesionales que me hacían sentir como persona y no como enfermo, algo esencial para mí. Me gusta volver a remarcar esto porque me horrorizaba la idea de que alguien me tratara de manera diferente debido al hecho de que tuviera cáncer. Obviamente existe todavía mucha ignorancia con respecto a esta enfermedad y es cierto que hay mucha gente que te trasmite miedo solo con nombrar la palabra “cáncer”. Por el contrario, también hay personas que me trasmitían una mirada de pena y compasión que me estremecía; era algo que me superaba. No necesitaba miedo, pena ni compasión de nadie; solo fuerza y normalidad ante la situación. Nunca me he sentido inferior ni menos que nadie por tener esta enfermedad. Simplemente eres igual que el resto de los ciudadanos de este mundo pero con una enfermedad por la cual luchas y sigues adelante para acabar con ella.
Pues bien, en la primera sesión me tumbé en una camilla y tuve que permanecer 20 minutos quieta y con los brazos totalmente estirados hacia arriba, sin poder moverme ni un milímetro… menos mal que solo sería así el primer día. En las siguientes sesiones bastaría con radiarme la zona durante 5 minutos. Además de darme la radiación, me tenían que hacer un control exhaustivo de las coordenadas, del peso; todo tenía que estar correcto y en su lugar. Cuando empezó, me puse algo nerviosa. Aunque no estaba acostumbrada a aquel ruido tan extraño que hacía la máquina me parecía un ruido agradable. Si tengo que compararlo con algo diría que es un ruido parecido al de dos cristales que se rozan y forman una especie de melodía; sí, así lo definiría. Siempre le intentaba sacar algo positivo y bonito a todo…
Tras terminar, acabé algo mareada, pero no de la radio, sino del tiempo que estuve tumbada sin poder moverme. Rápidamente me incorporé, volví a entrar en el habitáculo para cambiarme. La bata me la llevaría a casa y la traería todos los días que durara el tratamiento. Seguiría los mismos pasos que me habían marcado aquel día.
Al principio aquel lugar incluso me agradaba. Siempre conocías a personas nuevas, sus historias, de dónde venían...era reconfortante y de cada historia siempre aprendía algo nuevo y sacaba el lado positivo. Aunque suene un poco egoísta, me consolaba escuchar historias similares a la mía. Parecía no estar sola ante aquello; había demasiada gente pasando por lo que yo estaba viviendo. Aquel lugar me enseñó muchísimo; entre los pacientes y enfermeros, de todos intentaba sacar el lado bueno y esto me ayudaba a su vez a dar otro pequeño pasito que me haría crecer más aún como persona. Todos eran increíbles.
Durante todo el proceso de la radio mi madre, mi chico y mi hermana siempre estuvieron conmigo. Se repartían los días y se iban turnando para que yo nunca fuera sola. En todo momento sentí el apoyo y el amor incondicional de mi familia y mi pareja. Nunca tendré vida suficiente para poder agradecerles todo lo que han hecho por mí y pedirles perdón por lo que les he hecho pasar a todos ellos.
Así pasaron los días. Al principio muy poco a poco, pero a medida que iba avanzando el tiempo parecía pasar más rápido. No era un tratamiento duro, ni pesado. La única pega era el tener que trasladarme todos los días a Cádiz para estar 5 minutos que era lo que tardaba y volver a mi casa.
A mediados de mes, ya los tan temidos efectos secundarios hacían estragos en mi cuerpo y sobre todo el cansancio se acrecentaba por día que pasaba. Era inexplicable, porque pasaba de un extremo a otro; de estar muy bien a desvanecerme poco a poco hasta tenerme que tumbar para descansar y seguidamente cerrar los ojos y dormir. A veces eso duraba media hora, otras unas horas y otras todo el día. Cuanto más tiempo pasaba más cansada me encontraba. Era un cansancio que me debía tumbar al instante y dormir, porque no podía con mi cuerpo, me desvanecía como si me fuera a desmayar. Era lo que peor llevaba psicológicamente, me hacía sentir muy impotente…
Llegó la feria de mi pueblo. Tenía muchas ganas de poder disfrutar de ella con mi pareja y mi familia. Sería la primera feria que viviría junto a mi chico; ¡estaba entusiasmada! Pero debido a mi decaimiento apenas pude visitarla. Siempre que llegaba el momento de ir a cualquier sitio que me parecía a priori importante, mi cuerpo se desvanecía y me pedía descansar. Ya ni siquiera pensaba en mi aspecto o en meterme en bullicio sin encontrarme a gusto conmigo misma… Todo eso estaba desapareciendo poco a poco. Sólo me preocupaba el hecho de perder tiempo de mi vida y sobre todo pensaba mucho en que podía hacerle perder el tiempo de la vida de mi pareja. Me sentía culpable por lo que le estaba haciendo pasar a él. Sentía que le estaba robando su tiempo y momentos suyos, además de hacerle vivir una experiencia tan traumática y todo por estar a mi lado. Parecía que la persona que decidió estar a mi lado debía cumplir una pequeña condena por amarme. Mi ángel desde luego no merecía estar pasando por lo que vivía cada día conmigo; me sentía que le arrebataba su vida. Pero él, pese a todas las cosas que yo pensaba y se me pasaban por la cabeza, estaba dispuesto a continuar el camino agarrado a mi mano sin desistir en ningún momento y menos aún sin abandonarme. Dios me había quitado un pedacito de mi vida; un poquito de mi salud, pero a cambio me recompensó con una persona única, una persona que estaría dispuesta a pasar el resto de su vida a mi lado, pese a lo que hubiera que luchar; cuidándome y tratándome como una reina. Un ángel que me cuidaría y me protegería eternamente.
A veces pienso que todo esto son pruebas que te pone la vida. Pruebas a la que te somete Dios para que puedas apreciar lo bella que es la vida, lo bello que es vivir. No apreciamos las cosas, ni los pequeños detalles ni momentos que vivimos cada día hasta que nos pasa algo así. Para mí, mi enfermedad me ha hecho aprender. Intento no sacar nada negativo de ella, sino todo lo contrario, todo es positivo. La lucha constante que debemos tener en la vida, el aprender a no rendirnos nunca, a valorar todo lo que tenemos y a todo el cariño y amor que nos rodea, al amor incondicional de tu familia y de tu pareja, a vivir cada momento como si fuera el último de tu vida y a que siempre hay que luchar...y si decaemos en algún momento, hay que saber levantarnos... levantar la cabeza, continuar el camino y nunca, nunca abandonar. Así es la vida, una lucha constante en la que siempre debemos continuar sin abandonar, pase lo que pase.
Así pasé todos los días hasta el final, llena de mucho cansancio pero rodeada de mucho amor y cariño, lo que me daba tanta fuerzas para continuar luchando cada día más.
El último día, debía pasar por la misma dinámica del principio. Cuando terminé la radio, los enfermeros se despidieron de mí y todos me felicitaron por acabar. Luego pasé por enfermería, me pesaron y me miraron la quemadura. Mi peso continuaba igual, pero en cambio en mi piel había una mancha que me cogía parte del pecho derecho hasta llegar casi al cuello. Una enorme quemadura que dolía mucho. No podía dar ni tan siquiera un abrazo sin estremecerme de dolor… Pero ya eso no era nada para mí; ya estaba apunto de finalizar el camino; ya no quedaba nada para coronarme como campeona en aquella lucha tan larga y dura...
Cuando salí de enfermería pasé por mi radióloga. Cuando entré me dio la enhorabuena y me felicitó. Estaba muy contenta. Me dio el informe y ahora solo quedaba esperar. Esperar para hacerme la prueba definitiva… prueba que daría los resultados de aquel tratamiento tan duro.
Debía esperar para aquella prueba y dar un margen de tiempo de dos meses al tratamiento para que siguiera haciendo efecto, tanto la quimioterapia como la radioterapia.

Mientras intentaría aprovechar al máximo ese tiempo perdido tan valioso para mí. Poco a poco me pondría en marcha y recuperaría el timón de mi vida. Intentaría pasar el mayor tiempo posible con mi familia y mi chico y exprimir su compañía todo lo posible.

2 comentarios:

  1. Eres un ser extraordinariamente especial, te estoy conociendo más pasito a pasito q en persona...me conmueves y me haces sentir muchas cosas q no tengo forma d explicar...eres una guerrera!

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  2. Muchísimas gracias preciosaaa!!! Todo gracias a vuestro apoyo y a la gran familia que tenemos.¡¡¡Os quierooo!!!

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