Llegó
el día. Me levanté muy temprano porque la prueba me la hacían a
las 8 de la mañana. En ayunas y antes de que llegara al hospital
tenía que tomarme dos botes bastante grandes que contenían un
líquido espeso. No puedo describir el sabor que tenían. Nunca he
probado nada igual (¡y espero no tener que volver a hacerlo!). Lo
único que puedo decir es que estaba asqueroso; era repulsivo. Daba
sorbitos al principio pero luego ya se me hacía imposible. Mi cabeza
me obligaba pero mi estómago no me lo permitía. En esos momentos
intentaba pensar en HODGKIN para que me diera fuerzas y así poder
acabarme, al menos, uno de los dos botes. Me monté en el coche y aún
seguía bebiendo ese líquido interminable.
Llegamos
al hospital mi madre, mi hermano y yo. Sentados esperamos a que
mencionaran mi nombre. Cuando lo escuché, me levanté y entré en la
habitación.
Volví
a encontrarme con aquella máquina extraña, con aquel olor tan
peculiar y con el frío que desprendía esa habitación.
Al
ver el enfermero que no me había terminado ni siquiera un bote me
obligó a tomar un par de sorbos más. Cuando acabé, me puse la bata
y dejé conmigo una estampa de la Virgen de la Milagrosa; imagen que
me había regalado otra mejor amiga.
Cuando
empezó a funcionar la máquina comencé a recordar las palabras del
chico… “Todo saldrá bien”… Intenté tranquilizarme y me puse
a rezar. Tenía mucho miedo… no dejé de rezar en todo el proceso
de la prueba. Necesitaba a Dios cerca de mí.
Los
resultados solo tardarían un par de días. Mi doctora era muy
positiva. Estaba convencida de que todo iría bien.
Cuando
llegamos a la cita para recoger los resultados mi madre, mi hermano y
ésta vez mi padre también estábamos expectantes ante la noticia.
Después de esperar un minuto empezó a hablar la doctora. El
tratamiento estaba haciendo efecto, ¡el linfoma se había reducido a
la mitad! Todo fueron grandes noticias; todos salimos muy contentos.
Estaba deseando llegar a mi casa y contárselo al chico.
Cuando
llegué a mi casa lo primero que hice fue ir a mi habitación y
mandarle un mensaje con la gran noticia. ¡¿Qué digo con la
noticia…?! ¡¡¡con el notición!!! Por supuesto, se alegró tanto
como yo. Su enhorabuena la sentí de corazón. Poco a poco
recuperaba
mi alegría; todo marchaba sobre ruedas gracias al apoyo que recibía
a diario de mi familia, mis amigas y el chico.
Las
clases ya marchaban mejor. Por fin conseguí ponerme al día con la
entrega de trabajos y grabaciones de vídeos en lengua de signos.
Pero
lo bueno dura poco… y poco me duró esa felicidad. En la siguiente
quimio que tuve lo pase fatal. Mis venas empezaban a formar un camino
negro en mis brazos; se empezaban a debilitar y ya no tenían
fuerzas; ya no aguantaban el último líquido de tratamiento. Sentía
como entraba por mis venas y me las quemaba poco a poco. Tenían que
inyectármelo mezclado con suero, porque era imposible de aguantarlo.
Salí
de allí muy mareada. Nada mas llegar a mi casa no hice más que
vomitar. El sabor a metal era tan intenso que me provocaba unas
imparables náuseas y mi cuerpo sentía un dolor enorme. Ni siquiera
tenía fuerzas para hablar con la única persona que me daba fuerzas.
Mi cabeza cada vez tenía más claros; menos cabello. En mi almohada
había una continua bola de pelos; poco a poco sentía que no
existía… A veces llegué a pensar que antes de pasar por ese
estado prefería estar muerta, porque al menos no sentiría ese dolor
que me devoraba.
Poco
a poco iba decayendo de nuevo psicológicamente, pero ésta vez más.
De
nuevo vino a verme el chico y volvió a devolverme algo de fuerzas.
Ésta
vez lo llevé a mi casa y comimos con toda mi familia. En mi casa ya
lo veían como si me hubieran mandado desde el Cielo a un Ángel para
que cuidara de mí… un milagro; me había cambiado para bien. Toda
mi felicidad se la debía a él. Era el principal motivo que me daba
fuerzas para continuar. Pasamos otro maravilloso fin de semana. El
domingo antes de irse fuimos a pasear por Cádiz; por la playa, y
allí escuchamos de nuevo las olas.
Pese
a mi aspecto, me hacía sentir bella. Me hacía sentir la persona más
especial en la faz de la Tierra. Cuando llegamos a la estación de
trenes, ya no fue como la vez anterior. Algo en nuestras miradas
había que necesitábamos decir pero que ninguno se atrevía a
pronunciar. Existía un sentimiento cada vez más fuerte. Entonces me
dio un beso y me dijo que estaba empezando a enamorarse de mí, que
sentía que me quería. Yo impactada no supe que decir, y él de
nuevo dijo que no hacía falta que dijera nada; sobraban las
palabras… Sonrió, se dio la vuelta y se marchó.
Él
sabía que yo también lo quería, que lo nuestro era algo especial;
algo mágico. Siempre habíamos estado a dos pasos, un pueblo pegado
al otro y nunca nos habíamos cruzado hasta este preciso momento.
Cuando más necesitábamos un apoyo aparecimos. Estábamos
predestinados a conocernos y a que nuestras vidas se unieran para
formar una sola.
Cuando
me mandó un mensaje y me dijo que ya había llegado le escribí un
largo texto explicándole la ausencia de mis palabras en el momento
de su te quiero. Le dije que yo también le quería, pero que tenía
miedo a poder hacerle daño. No quería que hubiera entrado en mi
vida de la forma en la que lo hizo, pero no pude controlarlo. No
quería que en algún momento mi situación le superara y pudiera con
él y todo eso llegara a hacerle daño; tenía miedo de que eso
sucediera. Pero él se encargó de tranquilizarme y decirme que me
dejara llevar sólo por mis sentimientos y lo demás llegaría, que
confiara en él, y así hice.
A
raíz de ese día ya nos veíamos todos los fines de semana. Algunos
venía él y otros iba yo, pero no había semana que no estuviéramos
juntos. Mis padres ya eran conocedores de la relación que teníamos
y estaban muy contentos de la persona que había elegido; les
encantaba.
Es increíble e indescriptible todo x lo q pasaste,pero eres muy fuerte y tus ganas de seguir adelante.....te quiero wapa gracias x ser como eres
ResponderEliminarEsta parte me la perdí ayer pero hoy, como el resto d tus seguidores ya no podía dejarte d leer...eres fortísima!
ResponderEliminar