lunes, 17 de noviembre de 2014

Evadiéndome del mundo

Cuando empezaba a recobrar vida, mis padres ya tenían otro semblante; pobres… lo que estaban pasando por mí…
Ya apenas podía ir a las clases. Mi amiga me mandaba los trabajos que tenía que hacer para ponerme al día. Trabajos que si no entregaba, no aprobaría. Aunque estaba tan débil que no podía ni tan siquiera levantarme de la cama, intentaba poco a poco hacer los trabajos, no quería quedarme atrás de nuevo. Me ponía con el ordenador a escribir los textos y las grabaciones. Pese a que luego las tenía que entregar, las hacía sentada en la cama y con el pijama. No tenía fuerzas como para vestirme y grabar…

A la semana siguiente, que era la semana que descansaba del tratamiento, volvía a las clases. Ya con todos los trabajos atrasados entregados y con esfuerzo poniéndome al día sin dejar nada atrás. Ese curso me lo sacaría sí o sí, no estaba dispuesta a que la enfermedad acabara con mis objetivos, pudiera con mis sueños y me arrebatara “mi vida”; no lo consentiría.

Esa misma semana nos informaron de los días que comenzaríamos con las prácticas. Las empezaba la semana siguiente; de nuevo me coincidía con la semana de quimio… Pero estaba justificada. Envié un informe de mi doctora al centro donde haría mis prácticas, poniendo al día a mi nuevo tutor sobre mi enfermedad e informándole a su vez de los posibles días que faltaría. Debía dejarlo bien especificado para que no tuviera problemas. Afortunadamente, no me pusieron impedimento alguno, todo fueron apoyos. Las prácticas las haría en el Colegio de Sordos de Jerez de la Frontera (Cádiz), por lo que me tendría que desplazar todos los días hasta allí. Pero eso no me suponía esfuerzo, era algo que tenía ganas de hacer. Me encontraba con ganas de empezar algo nuevo, de tener contacto con personas sordas. Las prácticas consistían en interpretar las clases, además de comunicarme y charlar con ellos.

Por desgracia, mi cuerpo no me permitía asistir aquellos días que, después de haberme dado el tratamiento, sentía gran malestar…

A la semana siguiente, de nuevo me volvía a tocar quimio. Sólo me faltaban dos sesiones, pero definitivamente… ¡eran las peores!.

Antes de entrar para enchufarme, pasamos por mi doctora. Como siempre nos dijo a mi madre y a mí, todo estaba marchando bien y mi cuerpo, de nuevo, estaba preparado para soportar aquellos líquidos corrosivos. Nos comunicó lo poco que me faltaba para terminar. Así por encima, nos explicó lo que me esperaba una vez hubiera terminado con la quimioterapia. Cuando finalizara, debería esperar un par de meses para hacerme el Pet. Esto es una prueba donde aparecen todas las células malignas; es decir, el linfoma. Más tarde, tendría cita con la radióloga. Ella me explicaría todo el proceso de la radioterapia, los efectos secundarios que me causarían y el tiempo de duración. Por último, de nuevo me volvería a hacer otro Pet. La prueba decisiva… prueba que diría si estaba curada o no. Pero todo esto, como ya he dicho, llegaría mas tarde.

Cuando la doctora nos despidió, directamente entramos en la sala de tratamiento. Como siempre, debía elegir butaca para sentarnos. Ese día, ya que iba con tantísimo miedo por los malditos efectos secundarios, me apetecía estar apartada. Elegí una de las butacas del final, pegadas a la ventana. Nos sentamos y esperamos al enfermero a que viniera y me enchufara. Mi madre, pese a intentar aparentar estar tranquila, también la noté bastante nerviosa aquel día. Estábamos muertas de miedo por la incertidumbre tan grande de no saber como me sentaría ésta vez... Pero allí estaba ella, sentada a mi lado. Sonriendo y dándome mucho cariño. Compartíamos mucho tiempo juntas, nos contábamos todas las cosas. Mi madre se convirtió en mi mejor amiga.

Cuando llegó el enfermero, se sentó a mi lado y me animó. Ya no me quedaba nada. Estaba a un solo paso, sin contar ésta, de terminar...supuestamente de “acabar mi infierno”.

Me enchufó a la máquina y se marchó. Era tan grande la tranquilidad que me transmitía aquella sala, que a la nada me quedé dormida. Pero siempre llegaba la hora… Cuando vinieron las bandejas me desperté del maldito olor. Ya estaba la comida, ya aparecían las náuseas. Al pasar siempre por el mal trago del olor, mi madre decidió llevarme colonia. Me la echaba en la manta con la que me tapaba y en las manos. Todo el tiempo que duraba

la comida me lo pasaba oliéndome las manos y la manta. Aún así, el olor traspasaba y podía llegar a olerlo; con menos intensidad, pero lo olía.

El olor de nuevo me provocaba esas terribles náuseas. Así que comenzaba “mi ritual”: me ponía música y cerraba los ojos hasta quedarme dormida. 

Aquel día, antes de traer la merienda, me desperté y sin ganas de hablar empecé a observar a las personas que estaban allí, la sala, los enfermeros... Mi mirada se paró en un paciente joven que estaba acompañado por su padre. Estaban a nuestro lado y ni siquiera antes me había dado cuenta de que estaban allí. Lo que me llamó la atención de ese chico fue la actitud que mostraba hacia su padre. Me impactó porque fue exactamente como yo me comportaba a veces. Una actitud muy déspota, muy pasota e incluso descarado. Cuando me quise dar cuenta mi madre hablaba con ellos. Yo al principio solo escuchaba y más tarde me inicié en la conversación. 

Comenzamos hablando de la enfermedad que teníamos cada uno y luego continuamos charlando de cómo la llevábamos, los efectos secundarios que nos provocaba la quimio y ambos coincidíamos en las náuseas, el sabor, la fatiga, el cansancio... Todo era igual. Una de las cosas que me impactó de él fue que aún estando totalmente prohibido, a veces, se bebía una cerveza con alcohol. ¡Qué locura!... En ese sentido, yo era una paciente excelente que cumplía a raja tabla las recomendaciones que me dieron en su día (nada de alcohol, tomar el sol, lugares con mucha gente…) 

Estuvimos todo el rato hablando hasta que llegó la merienda. De nuevo las náuseas aparecían y por consiguiente me entraba la temida fatiga. Me volvía a poner música y cerraba los ojos hasta nuevo aviso de mi madre. 

Otra vez me sumergía en mi mundo… Cuando todo pasaba los volvía a abrir y me incorporaba. Recuerdo que ese día no me apetecía hablar; solo necesitaba que pasaran esas horas muy rápido para volver a mi casa y poder descansar.

Cuando se acercaba el final me echaba a temblar porque sabía lo que venía… el líquido que me tocaba… el líquido tan corrosivo y tan dañino para mis venas. Ya los enfermeros eran conscientes de que mis brazos no aguantaban y la debilidad de mis venas hacía que el dolor fuera a mayor. Directamente ya lo mezclaban con suero. 

Una vez llegó el momento de que mis venas tuvieran que ingerir ese líquido, aun mezclado con suero, comenzaba el dolor inmenso. Rápidamente debían parármelo porque me quemaba; no era capaz de soportarlo. La enfermera al ver mi cara de dolor no supo qué hacer. Programó el tratamiento para que entrara aún más lentamente, así supuestamente no debía dolerme. Cuando bajaron la velocidad de nuevo volvieron a inyectármelo. Lamentablemente, debía aguantar como pudiera, no existía otro método para ponérmelo, lo único que podía hacer
era aguantar. 

El poco tiempo que faltaba para terminar se me hizo eterno…
Tras pasar dos horas más de las que me correspondían ¡por fin acabé!. Había logrado aguantar hasta el final. Aunque me dolió muchísimo lo soporté como pude.

 Una vez terminamos, bajamos y ya nos esperaba mi hermano. Yo me encontraba muy cansada, con el sabor intenso en mi boca y unas náuseas insoportables. Todo el camino del hospital a mi casa lo pasé con mi cabeza apoyada en la ventanilla del coche, sin mencionar palabra. Solo observaba “la vida” pasar. Vida que en aquellos momentos sentía que no tenía… Observaba cómo pasaban los coches, cómo paseaban las personas, cómo esas personas tenían una vida y yo sentía que me la estaban arrebatando poco a poco.
El dolor de mi cuerpo se acrecentaba por momentos. Una vez llegué a mi casa, me puse el pijama y me fui a la cama. Me acosté y sin escribirle ni un sólo mensaje tranquilizador a mi chico me quedé dormida. Solo necesitaba dormir y no sentir ese terrible dolor ni tampoco esas angustiosas náuseas.

Mi madre al ver que no me despertaba para cenar, con mucho cariño y amor como siempre, me llamó para que comiera algo. Al ver que no podía ni siquiera incorporarme, me trajo la cena a la cama. Cené y me volví a dormir.








Informaros que la historia se alargará más tiempo. Ahora iré subiendo cada semana. Todos los lunes dispondréis de una nueva parte. La historia continúa, aún queda mucho por contar. De nuevo muchísimas gracias por todo vuestro apoyo, sin vosotros no podría seguir con éste sueño.

Al ver que el problema de los comentarios persiste, os dejo mi correo para aquellas personas que quieran ponerse en contacto conmigo o simplemente dejar su opinión:

                            jessy.manlo@gmail.com


Muchas gracias a tod@s. 





5 comentarios:

  1. Sigue escribiendo jesy!!! Eres una persona increíble espero al lunes que viene jejejej un beso

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  2. Tremendo princesa...la vida te recompensará seguro! Besitos

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  3. Me tienes conmovida cada día q pasa,y mira si pareces débil joia,pero después de empezar a leer tu historia,te juro q no se de donde has sacado tanta valentía,espero q pueda ir a verte pronto,mil besos y saludos muy cariñosamente a todos x ahí!!

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  4. Hola Jessy

    Aunque te llevo leyendo desde el primer post, es hoy cuando me animo a escribirte.
    Sabia de tu enfermedad por tu hermana pero gracias a ti y a tu forma tan bonita y sincera de escribir estoy conociendo desde dentro lo que se siente.
    No se en que momento de la enfermedad te encuentras actualmente pero quiero mandarte muchísimo animo para tu gran familia y sobretodo para ti.
    Me ha gustado ese cambio en tus escritos de ''el chico'' a ''mi chico''. Se merece un ole en mayúsculas por ser como es contigo.

    Te mando muchísimos besos y un fuerte abrazo.

    ☆ Aroa.☆

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  5. Muchísimas gracias a todas. Todo ésto cada vez se hace más cuesta arriba, cada día se hace más difícil escribir y transmitíroslo como lo he sentido, pero aún así voy a continuar hasta el final, por mí y por todas aquellas personas que pueda ayudar con mi historia.

    Gracias Isabel por tu e-mail, me ha conmovido muchísimo. Gracias por tu enorme apoyo y tus preciosas palabras...en ésta vida hay millones de batallas por la que combatir y día a día hay que luchar continuamente por algo...y si no fuera así, ¿qué sentido tendría vivir? ¡que aburrida sería la vida!. Hay que estar continuamente en alerta e intentar no decaer y si decaemos, levantarnos y enseguida ponernos en marcha lo más rápido posible y así sin desistir. Te mando mucho ánimo wapa y mucha fuerza...y como bien has dicho nunca sin perder la fé.

    Muchas gracias a tod@s por vuestro apoyo.

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