Ese
mismo día por la tarde vinieron a verme mis amigas. Estuvieron
conmigo un rato y al poco tiempo se fueron porque yo aún seguía muy
dolorida y cansada. Al día siguiente me pasé toda la mañana
durmiendo. Me encontraba triste y decepcionada con la vida.
Un
tema que me angustiaba y necesitaba zanjar era el referente a los
estudios. Debía tomar una decisión: continuar o dejarlo hasta que
me viera con fuerzas y al principio decidí abandonar. Tras
comunicarles esta decisión a mis padres ellos me respetaron; lo que
hiciera bien hecho estaría aunque me aconsejaron que no lo dejara.
Me hicieron comprender que en esos duros momentos los estudios serían
para mí un aliciente, un entretenimiento, algo por lo que pensar que
no fuera la enfermedad. Después de meditarlo bastante opté por
continuar, por seguir luchando, por no abandonar ni tirar la toalla;
debía ser fuerte y continuar con mi vida pasara lo que pasara. Esa
misma tarde decidí ir al centro donde estudiaba para visitar a mis
compañeros y al director. Este hecho me animó bastante. No esperaba
la reacción de todos ellos, la bienvenida que me dieron, aunque mi
tutora no tuvo tanta delicadeza como el resto. Durante mis largos
meses de enfermedad ella no fue comprensiva ni empática sino muy
dura y egoísta, y no me hizo fácil el camino del curso. Pero bueno,
así es la vida “normal” y así decidí que continuara.
A
la semana siguiente me quitaron los puntos. No fue tan doloroso como
esperaba. Ahora solo me faltaba acudir a la cita de la hematóloga y
empezar con el tratamiento. Había días que seguía muy cansada y
aquella mañana fue una de ellas. No podía tirar de mi cuerpo, pero
aún así tenía que asistir.
Cuando
llegué a la sala del Hospital de Día me encontraba extraña. Sólo
veía personas mayores; me sentía que allí yo no encajaba, no debía
estar.
Mientras
esperaba a que me llamaran observaba la sala y los pacientes. Me
impactó la cantidad de personas que había con cáncer. Mi
ignorancia con respecto a esta enfermedad era bastante grande.
Siempre asocié al cáncer con la muerte. No me podía imaginar el
alto porcentaje de curación que existe.
Al
rato de estar esperando, el marcador iluminó mi número. Eso
significaba que me tocaba.
Entré
y me encontré a una doctora. Era bajita y no muy mayor, con voz muy
dulce y que me recibió con agrado. Para mí, de las mejores doctoras
de Hematología, con una larga carrera llena de experiencias que la
avalan. Nos
hizo
sentar a mi madre y a mí; mi hermano y mi padre, que venían
también, se quedaron de pie.
Empezó
a informarnos de todo: la enfermedad y el proceso del tratamiento;
demasiada información para asimilar y digerir tan rápido. Recuerdo
que cuando nombró la palabra “quimioterapia” empecé a llorar.
Esa vez no pude reprimir mis lágrimas por miedo a perder el pelo.
Ella y mi familia solo podían consolarme y tranquilizarme, pero mi
miedo a quedarme sin pelo era mayor.
Después
de pasar bastante tiempo en su consulta, me informó del día que
empezaría: el lunes 5 de Noviembre de 2012, nunca se me olvidará
esa fecha.
Me
puso al corriente del tratamiento, el tiempo aproximado que
necesitaríamos para combatirlo y que una vez terminada la
quimioterapia, llegaría la radioterapia y luego la prueba final: el
PET. Necesitaría entre 6 y 8 meses de quimioterapia ambulatoria, es
decir; ir al hospital, ponerme la quimio y regresar a mi casa. No
necesitaría ingreso. Solo pasaría por el hospital cada dos semanas.
La caída del pelo no estaba asegurada, pero si era muy probable.
Entre los síntomas que tendría se encontraban el cansancio, la
fatiga, el sabor a “metal”, las yagas, los moratones... entre
muchos otros.
Asimilada
toda la información tenía ganas de empezar para terminar cuanto
antes, pero también tenía miedo a los efectos secundarios que antes
he mencionado.
Al
llegar el día, nos recogió mi hermano a mi madre y a mí. Él se
encargaba de llevarnos siempre, ya que mi padre tenía que trabajar y
él estaba en paro. Antes de empezar con la quimio tendría que
hacerme una analítica para ver las defensas; si estaban bajas no
podría empezar con el tratamiento. Luego pasaría por la doctora y
cuando así lo decidiera me mandaría a la sala de Oncología.
Y
así lo hicimos. Al terminar de hacerme la analítica y desayunar,
fuimos a la doctora y me dió el visto bueno... ¡mi cuerpo estaba
preparado para empezar! Sabiendo ya los resultados, mi hermano se fue
para volver más tarde y recogernos. La quimio duraba entre 6 y 8
horas. Allí nos dieron el desayuno, la comida y la merienda.
Una
vez entré todo aquello me venía grande, pero aún así iba con
muchas fuerzas y sin faltarme el apoyo incondicional de mi madre y de
toda mi familia.
Una
enfermera nos recibió y nos dijo que eligiéramos butaca para
sentarnos. Aquella sala es grande y luminosa, existe mucha serenidad,
siempre suena música de fondo y el personal es increíble. Son
personas cualificadas para estar allí; el trato que recibes es muy
especial y te hacen sentir muy a gusto. Te hacen sentir como una
persona normal y no como un enfermo. Algo muy importante para mí.
La
butaca que elegí estaba al lado del mostrador de los enfermeros. Me
dieron una sábana para ponerla sobre el sillón y otra para
echármela por encima porque a medida que iba entrando el medicamento
el cuerpo solía enfriarse. Una enfermera se sentó a mi lado y me
iba explicando mientras me iba “enchufando a la máquina”. Me
entregó algunos folletos de información, con consejos a seguir
mientras duraba el tratamiento.
Mis
venas, al principio, eran buenísimas; estaban fuertes y respondían
a la quimio bastante bien.
Ese
día estuve tranquila y relajada; aquel lugar me hizo sentir lo que
transmitía: mucha tranquilidad. Al comienzo, mi madre y yo
hablábamos sin cesar. Comentábamos todo pero a medida que iba
pasando las horas me entraba más sueño, hasta tener que dormir.
Toda
la tarde la pasé muy bien sin notar efecto ninguno en mi cuerpo.
Pasadas unas 6 horas, la quimio terminó y cuando salí del hospital
me sentí como en una nube; ahora entiendo cuando algunas personas
hablan de la hora feliz…
Es
muy contradictorio y me sorprendía darme cuenta de que la quimio,
contra todo pronóstico, no me hacía sentir mal. Jamás he tenido
tantos sentimientos y tan marcados. Disfrutaba de todo el doble; mi
felicidad por cada momento que vivía se magnificaba, al igual que si
sentía tristeza. Los primeros meses llevé la quimio muy bien.
Aunque
al principio salía en un estado de paz y felicidad absoluta después
pasaron los meses, y ya entonces no la toleraba tan bien… Pero eso
ya lo mencionaré mas adelante…
Como
decía, al ver lo bien que mi cuerpo reaccionaba continué con mi
vida. El primer día de cada sesión, al salir del hospital, siempre
solía quedar con mi amiga para tomar café y luego regresaba a mi
casa. Al día siguiente ya empezaba a sentir algunos efectos como
podían ser el sabor, el cansancio y como mucho dolor en todo el
cuerpo; como cuando estás mala con gripe, ¡pero triplicado!. Y al
tercer día de nuevo podía volver con mi vida, así que después de
comer siempre me arreglaba y me iba para las clases. Volví a la
normalidad. Ir a clases y estar con mis amigas me quitaba todo de la
cabeza;
me
evadía por unas horas de aquella enfermedad y me sentía persona,
aquella persona de antes que tenía sus objetivos y metas en la vida.
Una
de mis mejores amigas estaba conmigo en clases y sabía en que
momento me encontraba bien y en que momento no. Fue uno de mis
grandes pilares y una de las personas a la que estaré eternamente
agradecida ya que fue, entre otras, de las que más me apoyó y ayudó
para sacarme los estudios y continuar con mi vida.
Antes
de las navidades tenía los exámenes. Dos de ellos eran prácticos.
Uno consistía en interpretar a la lengua oral un video de una
persona sorda y en la otra prueba me daban un texto en audio, y
mientras hablaban tenía que interpretarlo a la lengua de signos.
Era
consciente que ese trimestre suspendería alguna por todo el tiempo
que perdí en el hospital. Era muy difícil ponerme al día tan
pronto ya que por culpa del tratamiento seguía perdiendo días de
clases; pero decidí presentarme y así lo hice. Interpreté muy poco
en ambos textos, pero no quedó en mí el no haberlo intentado;
siempre debía dar un paso más.
En
diciembre nos entregaron las notas y me quedaron las dos que más
difíciles eran y he de confesar que me sentí mal; tuve rabia por
todos. Aunque hubo gente que al igual que yo suspendió, ellos sí
tuvieron la oportunidad que yo no tuve. En aquellos momentos me sentí
inferior.
Las
navidades llegaron. Fueron algo raras. Todos los años pasábamos
alguna fecha en el pueblo, pero éste año no. Éste año sería
diferente y las pasaríamos todas en mi casa.
Era
algo extraño pero el tiempo pasaba muy deprisa. Pasaron los Reyes y
de nuevo empezaron las clases. Yo continuaba con la quimio y mi
cuerpo seguía fuerte pero ya iba notando más debilidad y más
efectos secundarios, la quimioterapia empezaba a hacer sus estragos
en mí.
En
febrero ya los efectos secundarios tardaban cada vez más en
desaparecer. Los síntomas ya estaban más agravados y se alargaban
más días. Ya no ocurría como al principio así que salía del
tratamiento y me tenía que ir directamente para mi casa a descansar.
El sabor a metal era más intenso y las náuseas empezaban a
aparecer. El dolor de mi cuerpo se hacía cada vez más fuerte y mi
mente empezaba a debilitarse. Mis fuerzas se iban agotando y las
ganas de continuar con mi vida iban desapareciendo. Cada vez me
costaba más tirar de mi cuerpo. Sentía como iba consumiéndome
psicológicamente, necesitaba recargarme y no encontraba el modo. Ir
a clases se me hacía agotador y mi ilusión por continuar se iba
esfumando. Estaba rodeada de personas que me mimaban, me cuidaban, me
daban
todo aquello que necesitaba, pero aún así me sentía sola. Era una
gran soledad e incomprensión. Necesitaba una persona fuera de mi
entorno para poder desahogarme como quería, pero no existía tal
persona.
A
mediados de febrero, coincidiendo con la misa de mi abuela que ya
hacía un año que nos había dejado y que aún era difícil superar
su ausencia, fuimos al pueblo. Ese mismo fin de semana conocí a un
chico del pueblo de al lado. Es extraño que tantos años yendo al
pueblo y nunca nos cruzáramos ni coincidiéramos… Nos llevamos
toda la noche hablando, ¡¡¡hasta las 6 de la mañana!!!. Fue una
noche diferente a las demás; un chico diferente a los demás, una
persona especial, con algo especial y que me hacía sentir especial.
Sentimos que no nos conocíamos sólo de esa noche; nosotros nos
habíamos conocido antes. Sentíamos que nuestras vidas estaban
unidas desde hacía muchísimo tiempo. Esa noche marcó un principio
y un final en mi vida. Ese chico cambió a positivo todo lo que me
estaba sucediendo. Desde esa noche nunca más dejamos de hablar.
Espero que os siga transmitiendo mi historia como hasta ahora, y que os guste cada día más. Por favor, dejadme vuestros comentarios en el blog. (Si no podéis escribir en la misma página, retroceded a la anterior y ahí podréis comentar ). Gracias por vuestro apoyo, sin vosotros no podría continuar ésta historia. Gracias.
Otro.capitulo mas.de.esta historia real y sufrida, como.en los.anteriores estas dejando una.huella en.todas las personas que hemos decidido seguirte, trasmitiendo paso a paso y momento a momento, que.haces.que.nos adentremos en.ti,,,sigue con este maravilloso proyecto que pienso que.te abrira muchas oportunidades de realizacion.persomal,,,YO ESTARE A.TU LADO ,TKM
ResponderEliminarNo te conozco personalmente, pero por tus palabras se ve que eres una maravillosa persona.
ResponderEliminarEstoy fascinada con tu historia, a la vez que sensible.
Solo puedo felicitarte por tu fortaleza, tus méritos y de se arte suerte en todos los sentidos, porque te mereces eso y micho mas.
Que buen sabor de boca me ha dejado este final tan romántico��.
Bssssss y sigue así, que tu libro sera precioso!.
Hola, si te conozco (Soy Reme) Hoy me han dicho que tengo cáncer y que no me libro de la quimio, yo que siempre vi la sala que describes desde otra perspectiva, la sala de espera me la recorrí muchos días repartiendo caramelos y dando información y animo a los que allí esperaban su sesión de quimio, por que tu lo sabes, soy voluntaria de hospital, eso me ha preparado para no dramatizar el cáncer, por que como bien describes se cura, llevo años diciendo a los pacientes ....no pierdas el animo..... la medicina hace el 50% el otro 50% es tu aptitud. ahora me lo digo a mi misma. y en ello estoy, se que me queda un largo proceso de lucha en la que espero estar preparada, la pena comunicarlo a los que quieres que ....te ha tocado. Estuve contigo en la presentación de tu primer libro.... fue un éxito. eres bella, joven y tienes ilusión que no te falte como ese chico con el que hablas todos los días. Un abrazo Jessica.
ResponderEliminarEres fuerte y valiente Reme, tu puedes con esto y con todo. Estaré a tu lado ángel, porque eres otro ángel que Dios ha puesto en la tierra. Eres una persona muy especial con algo especial y eso te hace marcar la diferencia. Transmites tanto, que ese tanto es lo que llevas dentro y con eso y todo lo demás, pasito a pasito llegarás victoriosa a la meta, no lo dudo ni un segundo. Todo va a pasar tan rápido que con tu fuerza y todo el apoyo de todas las personas que te queremos este amargo y duro camino será "pan comido".
ResponderEliminarMe has dejado tanto en shock como hacía tiempo que no me sentía, me ha hecho recordar un poco cuando me dieron la noticia.
Este camino duro y amargo, entre todas lo convertiremos en un camino lleno de rosas y repleto de sueños. Ahora vienen curvas y baches, agárrate bien fuerte amiga que entre todas uniremos nuestras fuerzas y esos baches lo allanaremos con nuestro amor, algo fundamental en esta batalla y no dejaremos que te caigas, siempre te haremos sentirte segura. Pero prométeme que nunca perderás esa sonrisa que tanto destaca en tu cara y que te hace brillar. Besos princesa.