DESCUBRIENDO A HODGKIN
Ésta
es mi historia, una historia real que de alguna forma necesitaba transmitir tanto a aquellas personas que hayan vivido mi misma experiencia como a las que no. Historia jamás contada tan
detalladamente. Espero que os llegue de la misma forma con la que he querido
transmitírosla.
Todo
comenzó en el verano de 2012. Tenía 26 años y cursaba un grado
superior de I.L.S.E (Intérprete de Lengua de Signos Español).
Comenzó siendo un verano como otro cualquiera, pero a medida que
iban pasando los días me encontraba peor y mi peso bajaba como la
espuma, hasta llegar alcanzar los 39 kilos. Casi todas las semanas
iba a mi doctora a contarle como me sentía y pedirle una analítica,
pero como cada semana, ella me daba largas diciendo que era un
problema psicológico y no hacía aún seis meses de mi última
analítica como para volver a hacerme otra.
Los
problemas iban aumentando y mi estado se estaba convirtiendo en
lamentable. Mis días se convirtieron en dormir... no me apetecía ir
a la playa, salir con mis amigas, comer...solo necesitaba dormir. Me
estaba convirtiendo en una persona horrible, siempre enfadada,
apática, asqueada de la vida, sin ilusión, todo se volvía en un
sacrificio para mi.
Mis
días iban cada vez a peor, me sentía débil, muy cansada, sin
apetito, con muchísimo dolor de espalda, sin aliento como para dar tan
solo un par de pasos.
Tantas veces que fuí a mi doctora y según
ella todo era psicológico y contractura muscular, pues al final
acabé creyéndomelo, aunque una parte de mí empezaba a intuir que me
ocurría algo malo, sobre todo en el momento del baño (algo extraño). Sentía como si me lo susurraran al oído, pero jamás quise
aceptar esa intuición, siempre tenía una excusa para lo que me
estaba ocurriendo y me decía a mí misma: No como porque en verano nunca tengo apetito, me
encuentro cansada porque seré algo vaga, tengo tanto dolor de
espalda por mi escoliosis múltiple, me asfixio porque tendré que
dejar de fumar... Y continuamente para todo sacaba una justificación.
En
julio, jústamente en la feria de mi pueblo, volví a pedir cita para
mi doctora, la que definitívamente me había diagnosticado Anorexia
Nerviosa. Me derivaron a un psicólogo y éste a su vez, me dijo
que me volviera a mi casa porque yo no tenía ningún tipo de problema
psicológico y menos aún, problema con la comida.
Pues
volví a ir de nuevo al médico, pero para mi sorpresa mi doctora no
estaba, había un sustituto que para mí fue y será siempre mi ángel
de la guarda.
Nada
más acogerme le expliqué todos mis síntomas y lo primero que me
dijo después de sus preguntas pertinentes de protocolo
fue... empezaremos por lo biológico y si no es nada pues ya
pasaríamos a lo psicológico.
Pues
bien, me mandó varias analíticas, orina, sangre... se puso al
corriente de mi historial médico. Todas las perfectas actuaciones
como buen profesional.
A
la semana siguiente volví a por mis resultados, no con las buenas
noticias que esperaba escuchar. Me dijo que salían leucocitos y
trombocitos descompensados a causa de cualquier infección que
pudiera tener...o no. Para ello se me debía de estudiar, entonces me
derivó al Hospital Puerta del Mar (Cádiz), a medicina interna,
donde me hicieron todo tipo de preguntas y de pruebas. Ahí fue donde
ya mis padres empezaron a alarmarse, en cambio yo no me
quería creer todo lo que me estaban haciendo o no era consciente de
toda la situación.
Poco a poco el presagio del momento del baño
estaba más cerca, pero con sentimiento contradictorio, quería y
no lo quería creer.
Me
hicieron análisis de todo tipo, radiografías... ahí fue donde ya
empezó a aparecer todo muy poco a poco. En esa radiografía me
apareció que el pulmón derecho estaba totalmente lleno de líquido
pleural y me tenían que extraer una muestra a través de una punción,
motivo por el cual me asfixiaba con tan solo dar un par de pasos.
Ese
año no fue el mejor año de mi vida que digamos, en febrero murió
mi abuela materna, la reina de la casa, el pilar de la familia...y
mes más tarde una compañera por cáncer.
No
podían pasar más cosas en mi familia. Las cosas no podían ir a
peor, no podían darles más noticias malas a mi madre y todo esto sólo
era el comienzo de una larga y lenta historia.
En
la punción todo salió muy bien. Estuve con la compañía de mis
padres, ambos muy preocupados e intentando aparentar que todo iba muy
bien. Me sentaron en una camilla y tras ponerme la anestesia local (anestesia que para mí no hizo efecto), me punzaron con una aguja de
enormes dimensiones en la espalda. Muy quieta, el doctor solo sabía
decirme que lo estaba haciendo muy bien y que pronto acabaría.
Tras
sacarme el líquido me hicieron esperar unos diez minutos quieta allí
sentada para no darme un posible desmayo. Después de la punción y
haber pasado toda la mañana en el hospital, continuamos a regresar a
mi casa.
Después
de ese día, creyendo que todo había sido una pesadilla, volvimos a
la calma, tan solo por unos días. Yo al día siguiente estaba muy
dolorida sin apenas poder andar, pero era un supuesto gran día y
debía estar bien, era el día de mis 27 cumpleaños..
Mis
amigas me habían preparado una merienda en un bar cercano a mi casa, y por muy dolorida que estuviera debía asistir. Era un día gris
de lluvia, un día feo y triste, pero tenía que estar feliz por mi
cumple y por la celebración.
Cuando
llegué todos estaban esperándome, yo apenas podía moverme porque
me dolía mucho la espalda, pero intenté disimular todo lo posible y
pasar un rato agradable y sin pensar un segundo en todo lo que estaba
sucediendo y había sucedido. Lo pasamos muy bien, pero estuve poco
tiempo porque el dolor era cada vez más intenso.
Una amiga que llegó
más tarde me acercó a mi casa en coche, aunque estaba cerca de mi
casa pero no podía dar un solo paso. Cuando llegué me miré la
espalda y estaba muy hinchada, lo único que me apetecía era cenar y
dormir y así hice, hasta el día siguiente que de nuevo tenía cita
con el médico.
Por
la mañana temprano llegamos a consulta mi madre y yo, ya que mi
padre no podía faltar más días al trabajo. Mi madre, como toda
madre que conoce a su hija ya sabía que algo grave me pasaba, porque
mi estado iba agravándose a medida que pasaban los días.
Cuando
entramos a consulta el doctor nos saludó como cada vez que íbamos a
visitarle, era una persona cercana y entrañable. Nos
hizo sentar y nos explicó que todos los resultados de las pruebas
que me había hecho estaban saliendo bien, pero debía seguir
profundizando más.
Ese día debía hacerme la prueba de la
tuberculosis, que consistía en introducirme una pequeña cápsula en
el brazo y esperar a que me hiciera reacción, pero también resultó
negativo.
El doctor me volvió a citar una semana más tarde
para continuar con más pruebas porque no sabía lo que me ocurría.
Cuando
salimos de consulta, nos despidió fuera y mi madre muy preocupada le
miró a los ojos y le cogió de la mano. Le rogó que le dijera la
verdad, que si lo que me estaba pasando era algo grave, y él le
contestó que no se preocupara, que todo iba a salir bien.
Dos días después tenía cita para una extracción de muela, también en Cádiz, pero ese día ya no me levanté bien.
Cuando
íbamos en el coche (coche de mi hermano porque yo no podía
conducir), me empezó a dar un dolor en la parte
izquierda del abdomen, era un dolor fuerte. Entonces mi madre decidió que fuéramos a visitar a mi doctor antes de ir a
sacarme la muela, y comentarle lo que me ocurría. Y así hicimos.
Subimos
a la novena planta donde se encontraba y nos hizo un hueco para
verme. Cuando le expliqué como me encontraba dijo que solo serían
gases, pero que aun así fuera por urgencia en su nombre para que me
hicieran pruebas de forma urgente. Y cuando conociera los resultados que
se le informara.
De
inmediato dejamos la cita que teníamos con el
maxilofacial y acudimos a urgencias. Después de una analítica me
colocaron un gotero para calmar el dolor. Al principio creyeron que
sería un cólico nefrítico, pero a medida que iban pasando las
horas me iban examinando y preguntando.
Esa posible causa
desapareció y decidieron ingresarme para encontrar rápidamente el motivo del
dolor y de todo lo que me estaba ocurriendo.